Mundo ficciónIniciar sesiónRAINA
—¡Cállate de una maldita vez! —rugió, lanzando una enorme mano hacia mi rostro.
Mi cuerpo reaccionó por instinto.
Le lancé una patada con todas las fuerzas que pude, impulsando mis piernas atadas directamente contra él.
—¡Pedazo de m****a! —maldijo mientras perdía el equilibrio.
La botella escapó de su mano y se estrelló contra el suelo a mi lado, haciéndose añicos.
El siguiente golpe aterrizó de lleno sobre mi rostro.
Fuerte.
Sin contenerse.
El dolor explotó detrás de mis ojos y mi visión se volvió borrosa durante un instante.
Un sabor metálico inundó mi boca.
Sangre.
Pero no terminó ahí.
Volvió a golpearme.
Esta vez su puño impactó contra mi hombro, provocando un dolor ardiente que se extendió por todo el brazo.
Apreté los dientes con fuerza, tragándome el grito que amenazaba con escapar.
No iba a darle esa satisfacción.
—Eres una maldita perra, ¿lo sabías? —escupió con absoluto desprecio—. Gritando como si a alguien le importaras. No eres más que una molestia... una jodida plaga.
Retrocedió un paso y volvió a golpearme.
Esta vez el impacto fue contra mis costillas.
El aire escapó violentamente de mis pulmones en un jadeo que no pude contener.
Me obligué a mantener la cabeza en alto.
Los dientes seguían apretados.
Cada centímetro de mi cuerpo suplicaba clemencia.
—No te saldrás con la tuya... —logré decir.
Mi voz era débil.
Apenas un susurro.
Más que una amenaza para él...
Era una promesa para mí misma.
Él soltó una carcajada.
Oscura.
Vacía.
Un sonido que me heló la sangre.
Se inclinó hasta quedar muy cerca de mi rostro.
Su aliento caliente rozó mi mejilla.
—¿Todavía no lo entiendes?
Se echó hacia atrás y volvió a golpearme, esta vez directamente en la mandíbula.
—Aquí no eres nadie. Y si sigues buscando problemas, me aseguraré de que no vuelvas a ser nadie jamás. ¿Entendido?
Sus palabras se deslizaron por mi mente como serpientes, envolviendo todos mis miedos.
Un escalofrío recorrió mi cuerpo.
No pude evitar temblar.
Él lo notó.
Y sonrió con satisfacción.
Como si acabara de ganar algún juego enfermizo.
Finalmente se dio la vuelta.
Se limpió los nudillos, como si yo los hubiera ensuciado.
—Quédate calladita o te vas a arrepentir. No me obligues a volver a entrar aquí.
Su voz rezumaba veneno.
Me lanzó una última mirada cargada de oscuridad.
Después salió de la habitación y cerró la puerta de un portazo.
Me dejó sola.
Golpeada.
Destrozada.
Con el amargo sabor de mi propia determinación todavía sobre la lengua.
Todo mi cuerpo palpitaba de dolor.
Lo ignoré.
Mis ojos se fijaron en los pedazos de vidrio esparcidos por el suelo.
Esta era mi oportunidad.
Respiré hondo.
Incliné la silla hacia un lado y empecé a impulsarme una y otra vez hasta que finalmente perdí el equilibrio.
Caí pesadamente sobre mi costado.
Mis manos seguían atadas detrás de la espalda.
Moví los dedos a tientas hasta encontrar un fragmento afilado de cristal.
El borde cortó mi piel.
Sentí la sangre tibia deslizándose por mi muñeca.
Pero no me detuve.
Vamos, Raina.
Puedes hacerlo.
Los minutos parecían eternos.
Cada segundo avanzaba con una lentitud insoportable.
Por fin...
Las ataduras de mis muñecas comenzaron a aflojarse.
Tiré con todas mis fuerzas hasta liberar las manos.
Después desaté rápidamente las cuerdas de mis tobillos.
Tenía que darme prisa.
Él podía regresar en cualquier momento.
El corazón me dio un vuelco cuando escuché pasos acercándose otra vez.
Corrí como pude hasta esconderme detrás de la puerta.
Sujeté la silla con ambas manos.
La puerta se abrió.
Sin pensarlo, descargué toda la fuerza que aún me quedaba.
La silla impactó de lleno contra él.
No tuvo tiempo de reaccionar.
Se desplomó sobre el suelo.
Sus ojos se pusieron en blanco mientras quedaba completamente inmóvil.
No me quedé para comprobar si volvería a levantarse.
Salí corriendo de la habitación.
Mis pies descalzos golpeaban el frío suelo de cemento.
Solo entonces comprendí dónde estaba.
Era un almacén abandonado.
Cuando crucé la salida, el aire de la noche golpeó mi rostro.
Los pulmones me ardían mientras me obligaba a correr cada vez más rápido.
Detrás de mí escuché sus gritos.
Su voz resonaba entre las paredes vacías del almacén.
No miré atrás.
Seguí corriendo.
Corrí hasta que tropecé y terminé en el borde de la carretera.
Mis pies estaban llenos de cortes y moretones.
Respiraba con dificultad.
Entonces aparecieron unos faros a lo lejos.
La intensa luz me cegó.
Apenas tuve tiempo de reaccionar cuando el automóvil frenó con un chirrido, deteniéndose a escasos centímetros de mí.
Caí de rodillas.
El agotamiento inundó todo mi cuerpo.
Durante unos segundos permanecí allí, jadeando, intentando asimilar todo lo que acababa de suceder.
Pero no podía perder ni un segundo más.







