20

RAINA

Mientras observaba a Daniel guardar el dinero en el bolsillo, no pude evitar sentir una oscura satisfacción.

Su rostro seguía reflejando ese apetito tan familiar.

Ese mismo deseo que antes manipulaba con tanta facilidad.

Pero aquella noche no tenía nada que ver con el placer.

Ni con nuestros antiguos juegos.

Aquella noche se trataba de asegurar mi futuro junto a Alex...

Sin permitir que nadie, y mucho menos Raina, se interpusiera en mi camino.

—No lo arruines —le advertí, dejando que mi voz adquiriera un tono amenazante—. Necesito que desaparezca.

Él me dedicó aquella sonrisa torcida que creía encantadora, aunque en sus ojos solo brillaba la codicia.

—¿Cuándo te he fallado?

Estuve a punto de reírme de su absurda confianza.

No había cambiado en absoluto.

Seguía siendo igual de rudo.

Igual de imprudente.

Y precisamente por eso lo había elegido.

Haría el trabajo sin hacer demasiadas preguntas.

Y si las cosas salían mal...

Nadie perdería el tiempo sospechando de él.

—Entonces, mañana.

Murmuré aquellas palabras antes de darme la vuelta, sin esperar siquiera una respuesta.

A la mañana siguiente llegué al hospital antes del amanecer.

Una pesada tensión oprimía mi pecho.

Daniel me había asegurado que permanecería cerca.

Escondido en algún lugar de los alrededores.

Listo para "encargarse" de Raina si aparecía.

Había pronunciado esas palabras con una sonrisa que me revolvió el estómago.

Pero ya nada de eso importaba.

Lo único que tenía que hacer era acercarme a Liam.

Los pasillos del hospital estaban prácticamente vacíos.

Avancé con rapidez, mirando a mi alrededor hasta localizar al médico encargado del caso de Liam.

Adopté una expresión preocupada.

Incliné ligeramente la cabeza de esa manera que siempre conseguía que la gente creyera que todo lo hacía por amor a Alex.

—Buenos días —dije con suavidad—. He venido a ver a Liam. Me gustaría pasar un rato a solas con él, si es posible.

El médico asintió con una mirada llena de compasión.

Sin duda pensaba que estaba allí para apoyar a Alex en un momento tan difícil.

—Por supuesto. Tómese todo el tiempo que necesite.

Era tan fácil engañarlos.

Les regalé una sonrisa amable y caminé hacia la habitación de Liam, asegurándome de cerrar la puerta suavemente tras de mí.

La habitación permanecía en penumbra.

La única iluminación provenía de las máquinas que rodeaban la cama.

Lo observé.

Tan pequeño.

Tan frágil.

Envuelto entre mantas y conectado a tubos y monitores por todo el cuerpo.

Su rostro estaba pálido.

Su respiración era apenas perceptible.

Una fría satisfacción recorrió mi cuerpo al contemplarlo.

Era el vivo reflejo de su madre.

Y aquello me llenaba de repugnancia.

Solo sus ojos y su cabello recordaban un poco a Alex.

Pero ni siquiera eso cambiaba nada.

Aquel era el hijo de Raina.

No el de Alex.

Tomé asiento junto a la cama.

Crucé las piernas y me incliné hacia él.

Hablé en un susurro casi inaudible.

—No perteneces aquí.

Cada palabra rebosaba desprecio.

—Si Alex simplemente se hubiera casado conmigo... mi hijo habría sido su heredero.

No... tú.

La amargura corría por mis venas, cerrándome la garganta.

Mis manos quedaron suspendidas sobre la máquina.

Las yemas de mis dedos rozaban las luces parpadeantes.

Cada nervio de mi cuerpo vibraba por la anticipación de lo que estaba a punto de hacer.

Era tan sencillo...

Un movimiento insignificante.

Y, sin embargo, resolvería absolutamente todo.

Y cuando Raina también muriera...

Por fin...

Alex no tendría más opción que apoyarse en mí.

Yo sería su consuelo.

La única persona que necesitaría.

—Si desaparecieras... —susurré con una satisfacción apenas contenida—...y tu madre muriera...

Entonces yo estaría a su lado.

Comprendería...

Comprendería que soy la mujer que realmente necesita.

Apreté con fuerza la mano sobre la máquina.

El corazón me latía desbocado mientras reunía el valor necesario.

Un solo movimiento.

Un gesto silencioso.

Irreversible.

Y todo habría terminado.

Pero justo cuando estaba a punto de actuar...

Un grito agudo atravesó el aire, destrozando el silencio.

Me giré sobresaltada.

El corazón se me subió hasta la garganta.

Tragué con dificultad, intentando contener el nudo que acababa de formarse.

Era ella.

Raina.

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