Mundo ficciónIniciar sesiónRAINA
El martilleo en mi cabeza hacía que me resultara difícil pensar, como si un tornillo de banco estuviera aplastándome el cráneo.
Intenté levantar una mano para aliviar el dolor, pero...
No pude.
Mis muñecas estaban atadas a los brazos de una silla y mis tobillos amarrados entre sí, inmovilizándome por completo.
El pánico me retorció el pecho cuando los recuerdos regresaron de golpe.
Eliza.
Su sonrisa helada.
La forma en que había mirado a mi hijo.
La horrible amenaza que había lanzado contra Liam, como si su vida no valiera absolutamente nada.
Mi respiración se aceleró.
Liam.
El dolor de cabeza quedó eclipsado por una punzada mucho más intensa de terror.
Si ella llegaba hasta él antes que yo...
Si llevaba a cabo su plan...
Entonces todos mis esfuerzos, todo el sufrimiento de este largo camino, no habrían servido para nada.
¡No!
No podía permitir que se saliera con la suya.
Me debatí con todas mis fuerzas contra las ataduras mientras gritaba desesperadamente.
—¡Ayuda! ¡Por favor, alguien! ¡Mi hijo está en peligro! ¡Él... él va a morir si no llego hasta él!
Mis súplicas rebotaron contra las paredes de la oscura habitación.
No hubo respuesta.
Ni compasión.
Ni el menor indicio de vida.
Pero mientras luchaba por liberarme, la culpa atravesó el pánico.
Debí aceptar desde el principio cuando Alexander me pidió la médula ósea.
No debí esperar.
Si ahora le ocurría algo a Liam...
Su muerte sería culpa mía tanto como de Eliza.
El arrepentimiento cayó sobre mi estómago como una piedra.
Durante unos instantes fue lo único que pude sentir.
—Por favor... —susurré con una voz apenas audible—. Que alguien me ayude.
La garganta me ardía de tanto gritar.
Cada palabra raspaba dolorosamente mi boca reseca.
Pero reuní las pocas fuerzas que me quedaban para intentarlo una vez más.
—¡Por favor! ¡Que alguien me ayude! ¡Tengo que llegar hasta mi hijo!
Mi voz volvió a estrellarse contra las paredes vacías antes de desvanecerse en un silencio espeso y sofocante.
Entonces...
Pasos.
Lentos.
Pesados.
Cada uno resonaba con más fuerza que los latidos de mi corazón, llenándome de un miedo insoportable.
La puerta se abrió.
Un hombre entró en la habitación.
Era alto, corpulento, con una cicatriz que le atravesaba la mejilla.
Me observó con expresión de fastidio, como si yo fuera la parte más molesta de su día.
Se masajeó las sienes antes de hablar.
—¿Quieres callarte de una maldita vez? —espetó con frialdad—. Me estás provocando un maldito dolor de cabeza.
Sentí cómo el corazón se me desplomaba.
Cada instinto me gritaba que luchara, que gritara todavía más fuerte.
Pero me obligué a mantener la calma.
Aquella podía ser mi única oportunidad.
Quizá todavía pudiera hacerlo entrar en razón.
Tragándome el orgullo, alcé la vista hacia él e intenté mantener firme la voz, aunque no dejaba de temblar.
—Por favor... —susurré.
Cada palabra parecía arrancada de entre cristales afilados.
—Haré cualquier cosa. Si lo que quieres es dinero, lo tendrás. Llévate todo lo que quieras... pero déjame ir. Mi hijo... se está muriendo. Tengo que llegar hasta él antes de que sea demasiado tarde.
Sentí cómo mi rostro comenzaba a desmoronarse.
Las grietas en mi compostura ya eran imposibles de ocultar.
Pero no podía permitirme romperme.
Todavía no.
El hombre soltó una risa despectiva.
Su expresión se endureció mientras una diversión cruel brillaba en sus fríos e inexpresivos ojos.
—¿Dinero, eh?
Dejó escapar una carcajada seca, como si disfrutara de un chiste privado a mi costa.
—¿Qué te hace pensar que necesito algo de ti, señora?
Busqué desesperadamente algún rastro de humanidad en su rostro.
Cualquier cosa.
Lo que fuera.
—Si... si tienes hijos... entonces tienes que entenderlo.
La voz se me quebró y sentí que me faltaba el aire.
—Por favor... solo es un niño pequeño. Tengo que salvarlo.
Su expresión se deformó con asco.
Luego soltó una risa oscura y desagradable.
—¿Hijos?
Escupió la palabra como si fuera veneno.
—Ni de broma. Esas pequeñas criaturas son el mal en estado puro. Lo último que quiero es que algún mocoso lleno de mocos me arruine la vida.
Sentí cómo la esperanza se hacía añicos bajo su mirada helada.
Pero no iba a rendirme.
Todavía no.
—Entonces... solo dime qué quieres.
Me incliné hacia delante todo lo que las cuerdas me permitían.
Las manos me temblaban contra las ataduras.
—Ponle precio. Dominic te pagará cualquier cantidad que pidas. Lo que quieras. Solo... déjame ir.
Durante un instante, su mirada cambió.
Sus ojos se estrecharon, como si realmente estuviera considerando mi propuesta.
El silencio se prolongó.
Mi corazón golpeaba con fuerza ante aquella diminuta chispa de esperanza.
Pero entonces negó lentamente con la cabeza.
Una sonrisa burlona curvó sus labios.
—Por muy tentador que suene, preciosa... me temo que eso no es una opción.
Su voz fue fría como la piedra.
Definitiva.
Y resonó por toda la habitación, aplastando el último resto de esperanza al que me aferraba.
Sentí que el corazón se me hundía.
—¿Es... es por Eliza? —pregunté apenas en un susurro, casi sin atreverme a respirar—. ¿Fue ella quien te contrató? ¿Te pidió que... me mataras?
La última palabra apenas consiguió salir de mis labios.
Recordar la mirada calculadora de Eliza me hizo estremecer.
La imagen de ella acercando la mano para apagar la máquina que mantenía con vida a Liam seguía repitiéndose una y otra vez en mi cabeza.
La risa del hombre rompió mi horror.
Era amarga.
Vacía.
—Lo único que sé —dijo— es que, si te hubieras mantenido alejada, tu hijo quizá seguiría vivo. Pero no... tenías que volver, ¿verdad?
Sus palabras me atravesaron como cuchillas.
Frías.
Implacables.
¿Cómo sabía lo de Liam?
Se dio media vuelta y salió de la habitación.
La puerta se cerró tras él con un seco clic, dejándome sola con mis miedos y mis remordimientos.
No podía permitir que todo terminara así.
Atada a una silla.
Mientras mi hijo se moría.
Mientras aquella mujer celebraba su retorcida victoria.
Forcejeé con todas mis fuerzas contra las cuerdas.
Solo conseguí que se hundieran más en mi piel.
La frustración terminó por vencerme.
Un sollozo sacudió todo mi cuerpo.
Durante unos instantes...
Lo único que pude hacer fue llorar.
Pero llorar no salvaría a Liam.
Tampoco me salvaría a mí.
Una feroz determinación volvió a encenderse dentro de mí.
Respiré profundamente, obligándome a recuperar la calma.
Tenía que encontrar una salida.
Tenía que ser más fuerte que todo aquello.
La puerta volvió a abrirse de golpe.
El hombre entró nuevamente, aún más irritado que antes.
Llevaba una botella en la mano.
Antes de que pudiera reaccionar, se acercó a mí.
La sonrisa arrogante en su rostro se hizo cada vez más amplia.







