En la zona de exhibición de vestidos, en diagonal frente a ella, un hombre y una mujer estaban de pie, uno al lado del otro.
Facundo vestía un traje gris impecable; los gemelos en los puños brillaban con discreción.
Elegante, refinado.
A su lado, Mónica llevaba un conjunto azul de la nueva colección de verano, con un aire suave y distinguido.
Frente a ellos, varios empleados de la boutique empujaban con cuidado un vestido de novia.
Era dorado claro, bordado con hilos de oro que dibujaban motivos de tierra y mar.
Majestuoso, deslumbrante, lujoso al extremo.
—¡Qué hermoso!
Mónica acarició el bordado con la punta de los dedos, fascinada.
Patricia lo reconoció al instante.
Ese era su vestido.
Dejó las muestras sobre la mesa. Entrecerró los ojos y una sombra cruzó su mirada.
Meses atrás había venido a encargar ese vestido junto a Facundo.
En ese entonces todavía creía en un futuro perfecto.
No sabía que, a sus espaldas, él ya estaba con Mónica.
Para crear ese vestido, había hablado incontables veces con la diseñadora.
Los bordados los eligió ella misma, después de buscar referencias durante días.
Incluso la diseñadora había elogiado su gusto.
—¿Qué esperamos? —dijo Facundo, mirándola con afecto—. Llévenla a probárselo.
Los dedos de Patricia se tensaron.
Ni siquiera lo había tocado y él ya quería que Mónica se lo probara.
—Espera.
Patricia avanzó con decisión y apartó la mano de Mónica del vestido.
—Este vestido es mío. ¿Por qué tendría que probárselo ella?
Al verla, la sonrisa de Mónica se congeló un instante.
Facundo entrecerró los ojos. Tampoco esperaba encontrarla ahí.
Pero enseguida recuperó la calma.
Tomó la orden de confección de manos del personal y señaló la firma.
—Patricia, míralo bien. La firma es mía. Yo pagué. El vestido es mío y lo usa quien yo quiera.
Devolvió el documento al empleado y alzó el mentón.
—¿Qué esperan? Llévenla a probarlo.
Patricia dio un paso al frente y se plantó frente al vestido.
—Dije que no.
El personal miró el documento, luego a ambos lados, dudando.
—¿Se conocen?
Patricia soltó una risa fría.
—Este es mi ex prometido. Y ella... su prometida actual.
El personal se quedó atónito.
Mónica curvó los labios.
—Patricia, quien paga decide. Eso deberías saberlo.
—Tienes razón —dijo Patricia con calma—. Yo también lo creo.
Sacó su celular y abrió la foto del cheque con el que había pagado.
Giró la pantalla hacia todos.
—El vestido costó ciento nueve mil dólares. Lo pagué con un cheque. Pueden verificarlo.
Cuando había ido con Facundo, Ernesto le había dado un cheque en blanco para cubrir el costo.
La cantidad y el concepto los había llenado ella misma en ese momento.
Y para tener comprobante después, tomó una foto.
Mónica quería dejar en ridículo a Patricia... pero terminó siendo ella la exhibida.
Su rostro palideció al instante.
—Ese cheque es de la familia López... ¿no demuestra justamente que el vestido es de mi familia?
Facundo la rodeó por la cintura en un gesto protector.
—No se dejen confundir. Ella se llama Patricia... solo es una estudiante becada por nuestra familia.
Al decirlo, suspiró con aparente pesar.
—Supongo que fue culpa mía. Me preocupé demasiado por ella... y se hizo ilusiones. Pensó que podía seducirme y casarse conmigo para convertirse en señora de sociedad.
—Patricia, sé que te gusta Facundo —añadió Mónica con una sonrisa afilada—, pero los sentimientos no se pueden forzar. Hay que saber ubicarse.
Entre los dos distorsionaron la verdad en cuestión de segundos.
De pronto, Patricia quedó como una oportunista que intentaba meterse en una familia rica.
Los murmullos no tardaron en surgir.
—La familia López la ayudó... y ella quiere meterse como amante. Qué desagradecida.
—¿De verdad cree que una familia así la aceptaría?
—Sí, hay gente que no conoce sus límites...
Patricia no mostró reacción.
—¿Entonces dices que soy la amante?
Mónica alzó la mano izquierda y acomodó deliberadamente el anillo de pareja que llevaba, igual al de Facundo.
—Si no lo fueras... ¿por qué hoy está aquí conmigo y no contigo?
Patricia clavó la mirada en Facundo.
—Porque es un ingrato que cambió de parecer.
—¡Patricia, no te pases! —rugió Facundo.
Patricia alzó la mano y le dio una bofetada.
—El que se pasa eres tú.
Entre tantas boutiques, eligió precisamente esa.
Entre tantos vestidos... eligió justo el suyo.
La traicionaron... y todavía querían hacerla quedar como la culpable.
¿De verdad pensaban que podían aplastarla sin más?
Nadie esperaba que reaccionara así.
Facundo no alcanzó a esquivar. En su rostro apareció de inmediato la marca roja de la mano.
Mónica, alterada, lo sostuvo.
—¿Estás bien?
Facundo se limpió la comisura de los labios. Su expresión se endureció.
—¿Te atreves a pegarme?
—Te salvé la vida. ¿Y no puedo darte una bofetada?
—¡Estás buscando problemas!
Furioso, levantó la mano y la lanzó contra ella.
Patricia no se movió.
El aire pareció tensarse a su alrededor.
Justo cuando la mano estaba a punto de alcanzarla...
Una mano apareció y detuvo la muñeca de Facundo en seco.
Patricia entrecerró los ojos.
En el reflejo del perchero cromado, distinguió la silueta alta detrás de ella.
Sus labios se curvaron apenas.
En una tienda llena de espejos, no era difícil ver lo que ocurría alrededor.
Desde el inicio, Alejandro había estado observando.
Y eso era exactamente lo que ella quería.
Que interviniera.
Desde ese momento, el heredero falso y el verdadero ya estaban frente a frente.
Y con el carácter orgulloso de Facundo, aquello solo podía escalar a odio.
Era justo el resultado que Patricia buscaba.
Ernesto valoraba los vínculos.
Si nadie rompía ese equilibrio, nada cambiaría.
Pero si alguien cruzaba la línea, todo sería distinto.
Facundo se zafó de la mano de Alejandro y lo miró de arriba abajo.
Sus ojos recorrieron la ropa sencilla, hasta detenerse en su rostro.
—¿Y tú quién eres... para meterte en asuntos de la familia López?