Alejandro le soltó el brazo y se giró, con el ceño fruncido.
Sus ojos oscuros estaban cargados de enojo.
—¿De verdad crees que soy de los que andan pensando en eso a todas horas?
Patricia se quedó sin palabras.
Alejandro era alto, y el sofá de la oficina apenas alcanzaba para tres personas. Dormía incómodo.
Ella solo había querido que él durmiera en la cama, y quedarse ella en el sofá.
Y aun así... terminó regañada.
—¿Y tú qué crees de mí? ¿Que soy una cualquiera que solo sabe provocarte? ¡Pues