Dalia estaba en su habitación, terminando de preparar la mochila para la universidad, cuando escuchó golpes en la puerta y enseguida vio entrar a su madre.
— Buenos días, mi amor — Julia besó el rostro de su hija, que se volvió hacia ella visiblemente aún molesta.
— Buenos días, mamá — respondió Dalia, volviendo a organizar la mochila.
— ¿Podemos hablar?
Dalia suspiró y miró a su madre.
— Ya sé lo que va a decir: que hacen esto por mi bien, para protegerme y todo eso. Pero, mamá, ¡ya no soy una