Júlia sintió los rayos del sol en su rostro y abrió los ojos pesados y llenos de ojeras. No sabía cuánto tiempo había llorado, ni cuánto había dormido, pero le dolía la cabeza y no tenía ganas de levantarse. Sin embargo, tenía deberes que cumplir, tenía que cuidar de Dália, no podía involucrarla en su confusión sentimental.
Con esfuerzo, Júlia se sentó en la cama y, al segundo siguiente, escuchó golpes en la puerta, haciendo que su corazón se acelerara. Por algún motivo, pensó que era Leonardo.