Adrián de Varenne dejó en mi mano una insignia de mando de bronce oscuro, grabada con el emblema de la corona, como si aquel símbolo de autoridad pudiera compensar lo que estaba perdiendo.
—Tu padre conservará el mando del ejército del norte y tu hermano se encargará de los suministros y las reservas de grano. Puedes marcharte tranquila.
Esbocé una sonrisa leve.
—De acuerdo.
Mi respuesta pareció quitarle un peso de encima.
Yo también sonreí apenas, aunque por motivos completamente distintos.
Él no sabía que Leoric Skeld, el príncipe de Norval, y yo habíamos crecido juntos desde niños.
Así que aceptaría aquella insignia... y también al príncipe.
***
Guardé la insignia dentro de la manga. El frío del bronce rozó mi muñeca y el borde duro se me clavó en la palma.
Estaba a punto de abandonar la estancia cuando Adrián me detuvo.
Tomó otro documento del escritorio y lo deslizó hacia mí.
—Hay algo más.
Al reconocer el sello de la familia de Varenne al pie del documento, algo dentro de mí se tensó.
Era un acuerdo de separación matrimonial. Su sello privado ya estaba estampado en él.
Me quedé mirándolo durante un largo momento antes de lograr hablar.
—¿Cuándo lo preparaste?
Adrián tensó ligeramente la mandíbula.
—Ayer.
Sentí un ardor repentino detrás de los ojos.
Ayer... desde el mismo momento en que la Corona anunció el acuerdo matrimonial con Norval, él ya había decidido mi destino.
Yo ocuparía el lugar de la princesa.
Yo, la mujer que había llevado su apellido y ocupado un lugar a su lado durante años, tendría que marchar hacia el peligro y arriesgar la vida por la mujer que él amaba.
Mi silencio hizo que frunciera el ceño.
—La familia de Varenne anunciará que tú, Elara Valdren, sufriste una recaída y que falleciste de forma repentina. Si vas a asumir la identidad de la princesa, no puedes seguir siendo mi esposa.
Por un instante, se me olvidó respirar.
—Entonces... ¿tengo que morir?
—Solo ante los ojos del mundo —respondió, bajando un poco la voz—. Serán siete años. Cuando tu padre y tu hermano hayan conquistado Norval, encontraré la forma de traerte de vuelta. Podrás vivir con otro nombre y no te faltará nada el resto de tu vida.
Lo escuché en silencio mientras un frío lento me recorría por dentro.
Cuando alguien deja de quererte, incluso una compensación puede sonar como una muestra de generosidad.
Cerré los ojos un instante y tomé la pluma.
Pero antes de que pudiera firmar, Adrián sujetó mi mano.
—Elara.
Levanté la vista y me encontré con sus ojos.
—¿No vas a preguntarme por qué tenemos que llegar hasta este punto?
Una sonrisa leve apareció en mis labios.
—Porque no quieres que la princesa cargue con esos rumores mientras permanezca en la corte. Si algún día se convierte en tu esposa, nadie podrá decir que le quitó el esposo a otra mujer.
Algo cambió en la mirada de Adrián, aunque no llegué a entender qué era.
—Siempre la han protegido de todo. No permitiría que tuviera que soportar esas habladurías.
Asentí despacio, con una sonrisa cargada de ironía.
—Yo sí puedo soportarlas.
Su expresión se endureció.
—No quise decir eso.
—No importa.
Giré la muñeca hasta liberar mi mano y, sin volver a mirarlo, escribí mi nombre.
Elara.
Era la última vez que firmaba con ese nombre como esposa de Adrián.
La tinta todavía brillaba sobre el papel cuando se escucharon pasos al otro lado de la puerta.
La princesa Evelyne entró con lágrimas deslizándose por las mejillas.
Pero al ver el documento sobre el escritorio, se quedó inmóvil.
—Elara...
Se acercó y me tomó de la mano.
—Perdóname. Sé que esto es injusto para ti.
Su voz estaba llena de pesar.
Sus ojos, en cambio, mostraban un alivio que no consiguió ocultar.
Retiré lentamente la mano y contuve el nudo que me cerraba la garganta.
—No se preocupe, Alteza. Solo voy a ocupar su lugar y quizá morir por usted. ¿Cómo podría sentirme agraviada?
La cara de Evelyne perdió el color.
Miró a Adrián, sin saber qué decir.
—Elara —intervino él de inmediato.
Tomé el documento y dejé escapar una risa baja, sin alegría.
—Perdón. Me equivoqué, mi señor.
Mis dedos se cerraron un poco sobre el papel.
—A partir de ahora, Elara ya no existe.
El silencio cayó sobre el estudio.
Evelyne se mordió el labio antes de hablar.
—Yo no quiero que vayas a morir. Adrián ya lo dijo. Dentro de siete años irá por ti.
—Sí. Siete años.
Respiré hondo, tratando de mantener firme la voz.
—¿Y si muero en Norval?
Evelyne bajó la mirada y retorció el pañuelo entre los dedos.
Adrián permaneció en silencio durante unos segundos.
—No morirás.
Sostuve su mirada.
—¿Cómo puedes estar tan seguro? Adrián, ¿y si realmente muero allí?
Su expresión se endureció aún más. Esta vez no logró ocultar la molestia.
—La decisión ya está tomada, Elara. Deja de decir esas cosas.
Todo lo que aún quería preguntarle se quedó atrapado en mi garganta.
Ya no tenía sentido.
Tomé la copia destinada para él y se la tendí.
—Entiendo.
Adrián soltó el aire, visiblemente aliviado.
Evelyne también pareció relajarse.
Al parecer, todos habían conseguido lo que querían.
Retrocedí unos pasos mientras, oculta dentro de la manga, mi mano buscaba la insignia de mando. Mis dedos recorrieron lentamente el emblema grabado en el bronce.
Quizá estar muerta tampoco fuera tan malo.
Desde ese momento, nada de lo que hiciera podría atribuirse a Elara, la mujer que oficialmente había muerto en la capital.
Adrián había enterrado mi nombre con sus propias manos.
Y al hacerlo, también había cerrado mi último camino de regreso.
Lo que él no sabía era que, cuando ya no te queda ningún lugar al que volver, por fin puedes seguir adelante sin mirar atrás.