La encerrona.

Al día siguiente, Victoria y Margarita llegaron puntuales a la cita en el Cerro Castillo, las recibió un hombre de expresión seria y traje oscuro, que, por su postura, debía ser el mayordomo. En cuanto cruzaron el umbral de la casa, ambas jóvenes quedaron sorprendidas: la casa estaba completamente abandonada, cortinas cerradas a cal y canto, muebles cubiertos con sábanas blancas y en el ambiente flotaba el sutil aroma del polvo acumulado por años.

–La señora quiere hablar con Victoria Villegas
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