La primera semana en el sótano se midió en visitas.
Dos veces al día, la trampilla se abría con un chirrido de bisagras oxidadas que Valerie había aprendido a reconocer como el sonido más reconfortante del mundo. Significaba que Matilde seguía libre, seguía viva, seguía siendo el único hilo que la conectaba con el mundo exterior y con los tres bebés que respiraban en incubadoras a kilómetros de distancia.
El espacio medía cinco metros de largo por cuatro de ancho, con techo bajo que obligaba a