El set era una sala vacía.
Tres sillas. Tres focos de luz cálida. Una cámara discreta en el ángulo que Sofía llevaba semanas calculando.
Sin telón, sin decorado, sin logos. Solo las paredes blancas de la sala de reuniones de la fundación y tres mujeres sentadas en fila, con agua en vasos de vidrio sobre una pequeña mesa lateral.
El equipo técnico era de tres personas. Sofía los había elegido ella misma: documentalistas con experiencia en archivos de derechos humanos. Gente acostumbrada al peso