La sala de guerra ocupaba el piso completo de un edificio que Sebastián Herrera había alquilado bajo un nombre falso.
Isadora contemplaba el mapa de relaciones que cubría la pared principal: fotografías conectadas por hilos rojos que formaban una telaraña de corrupción con Andrés Castellanos en el centro. Camila Vega aparecía en un nodo secundario, vinculada al senador por líneas que representaban transferencias bancarias, llamadas telefónicas y reuniones documentadas por el equipo de vigilanci