Las rosas rojas llegaron a las nueve de la mañana, un ramo obscenamente grande que apenas cabía por la puerta del departamento de Camila.
Dante las sostenía con la expresión de un hombre derrotado, los hombros caídos y la mirada suplicante. Había ensayado frente al espejo durante horas, practicando cada gesto, cada inflexión de voz, cada pausa calculada para parecer auténtico. La actuación de su vida comenzaba ahora.
Camila abrió la puerta en bata de seda, el cabello revuelto de quien acaba de