La victoria sabía a cenizas mojadas con champán barato.
Isadora permanecía de pie junto al ventanal de su oficina, observando cómo los últimos miembros de la junta abandonaban el edificio en sus coches negros importados, como cuervos satisfechos dispersándose después de un festín interrumpido a medias. Había ganado la votación, sí. Seis contra seis, el mínimo necesario para bloquear la moción de remoción. Pero la expresión de Andrés al salir, esa sonrisa de depredador que guarda un as ensangren