Eran las once de la noche.
La casa entera vibraba en esa frecuencia silenciosa que solo se alcanza cuando los niños finalmente duermen. No había ruidos de juguetes cayendo, ni pasos en el pasillo, ni demandas urgentes de agua.
En la cocina, la luz de la campana extractora proyectaba un resplandor amarillento sobre la isla central.
Dante e Isadora estaban sentados uno frente al otro. Entre ellos, dos tazas de café intocadas. El líquido oscuro ya había perdido su vapor. Estaba frío.
Ninguno de lo