El aeropuerto de Ginebra olía exactamente igual que la primera vez.
Isadora cruzó las puertas de cristal corredizas hacia la zona de llegadas y el impacto fue físico. Un golpe seco en el centro del estómago. Era una mezcla estéril de cera para pisos, café caro filtrado, aire acondicionado reciclado y metal pulido.
Se detuvo en seco en medio del flujo de pasajeros con maletas rodantes.
Fueron diez segundos. Diez segundos exactos en los que el tiempo colapsó sobre sí mismo. No era Isadora Montema