La videollamada conectó a las nueve de la mañana en punto.
Isadora estaba sola en su despacho de la casa. Había cerrado la puerta con llave. El café humeaba en la taza frente a ella, intocado.
En el monitor central, la imagen de Viena apareció con nitidez.
Remedios Vega estaba sentada en la galería acristalada de su apartamento austriaco. Detrás de ella, las cuatro macetas de lavanda recibían la luz grisácea del invierno centroeuropeo.
Remedios llevaba un jersey de cuello alto color marfil. Su