El testigo tenía noventa y un años.
Su nombre era Luciano. Su memoria para los hechos recientes era fragmentaria, como un cristal astillado. Olvidaba a menudo los nombres de sus tres nietos. Perdía el hilo de las conversaciones sobre el clima o la política actual.
Pero su memoria para el año 1982 era perfecta.
Era una memoria fosilizada. Intacta bajo la presión de cuatro décadas de silencio gubernamental.
Isadora estaba sentada en la sala blindada del bufete. Las paredes estaban forradas con pa