Las tres y diecisiete de la madrugada.
El primer dolor fue distinto a los otros.
Isadora lo supo de inmediato. No por la intensidad, aunque era mayor, sino por la calidad: esto no era el cuerpo ensayando. Era el cuerpo ejecutando.
Contó.
Treinta segundos. Pausa. Otro.
Se sentó en la cama. La habitación estaba oscura y Dante dormía con esa quietud absoluta de los que duermen bien cuando el peligro se ha ido.
Contó de nuevo.
Veintiocho segundos. Pausa de cuatro minutos.
Se levantó.
Fue al baño. S