Las cartas cubrían la cama del departamento como fragmentos de un corazón destrozado.
Isadora había leído cada una tres veces, sus ojos ardiendo por las lágrimas que se negaba a derramar. La caligrafía de su madre era exactamente como la recordaba: elegante, inclinada hacia la derecha, con las mayúsculas adornadas con pequeñas florituras que siempre le habían parecido excesivamente formales de niña.
Ahora esas florituras eran lo único tangible que le quedaba de ella.
"Mi pequeña Isadora", comen