La doctora Campos tenía el consultorio en la colonia Condesa.
Cuarto piso. Ventana hacia un árbol que en marzo todavía no había terminado de decidir si tener hojas o no. Dos sillones de tela beige enfrentados, y una mesa pequeña entre ellos con una caja de pañuelos de papel que Valentina notó de inmediato y que era, pensó, el objeto más honesto de toda la sala.
La doctora Campos tenía cuarenta y ocho años.
El tipo de calma que no es frialdad sino acumulación: quien ha escuchado suficiente como