Las grietas en las cosas buenas duelen de una manera diferente.
No porque sean más profundas.
Sino porque uno pensaba que ya no podían aparecer.
Ocurrió un miércoles.
Emma estaba en el comedor terminando la tarea cuando Valentina llegó de la oficina a las siete menos cuarto. La mochila abierta sobre la mesa. Los cuadernos en el orden específico que Emma imponía a sus materiales: de mayor a menor, exactamente alineados con el borde de la madera.
Isabella dormía.
Esperanza también.
La casa tenía