Era un lunes de marzo.
Valentina lo supo antes del lunes.
Lo había sospechado la semana anterior con ese tipo de sospecha que el cuerpo tiene antes de que el cerebro quiera procesarla: el cansancio diferente, el café que no sabía como debía saber, el mareo breve de los martes que había atribuido a no haber desayunado bien.
Había comprado la prueba el viernes.
En la farmacia de la esquina, con la misma indiferencia con que se compran cosas que no quieres que nadie note.
La había guardado en el c