Tardó dos semanas más en escribir la parte de Valentina.
No porque la evitara.
Porque llegó de la manera en que llegaban las cosas exactas: cuando el sistema tenía suficiente espacio para recibirlas sin distorsionarlas.
Llegó un martes a las seis de la mañana, antes de que nadie más se despertara.
Sebastián abrió el cuaderno en la cama.
Escribió tres párrafos.
Los leyó.
Eran correctos.
No perfectos. Correctos. La diferencia entre los dos era también parte de lo que quería que sus hijas entendie