Era una tarde de febrero.
Valentina salió de la reunión de la tarde con la cabeza en los números del trimestre y hambre de algo que no fuera la ensalada que había comido en el escritorio a la una.
El café quedaba a dos cuadras de la empresa.
Uno de esos cafés de barrio que llevan quince años en la misma esquina y que no tienen menú digital porque no lo necesitan.
Entró.
Pidió un café americano y un pan de queso.
Buscó mesa.
Y entonces lo vio.
Rodrigo Mendoza estaba sentado en la mesa del fondo.