La discusión honesta no tuvo gritos.
No los tenía porque Carolina y Sofía no eran el tipo de personas que necesitaban el volumen para que lo que decían llegara. Habían aprendido, en los años que llevaban trabajando en mundos donde las palabras exactas eran herramienta y no adorno, que gritar una cosa no la hacía más verdadera. Solo más ruidosa.
Llegó el martes de la tercera semana.
No porque lo hubieran planeado. Sino porque la tercera semana era el límite natural de lo que podía sostenerse pro