Disparé.
No pensé. No dudé. Mi dedo apretó el gatillo con la misma naturalidad con la que respiraba, y el retroceso me sacudió el brazo entero.
Marcos se tambaleó hacia atrás, la bala impactando su hombro izquierdo. El arma cayó de su mano, rebotando escalones abajo con un estruendo metálico.
—¡Perra! —aulló, llevándose la mano a la herida.
No esperé a que se recuperara. Corrí hacia Sebastián, cayendo de rodillas junto a él. La sangre manchaba su camisa, pero cuando lo toqué, gimió. Estaba vivo