El penthouse estaba en penumbra cuando Isabela regresó. Solo una lámpara encendida junto al ventanal que miraba a la ciudad dormida. Donato estaba allí, de pie, con las manos en los bolsillos del pantalón y la mirada perdida en algún punto del horizonte.
—Creí que no volverías —dijo, sin volverse.
Isabela cerró la puerta tras de sí. El sobre de Kavian todavía pesaba en su bolso, pero ya no era un plano de batalla. Era otra cosa. Algo más íntimo y devastador.
—Kavian me dijo la verdad —respondió