Mundo ficciónIniciar sesiónClara
Salgo de la habitación con la maleta rodando detrás de mí y el corazón desbocado. No miro atrás, si lo hago, tal vez cometa una estupidez.
Pulso el botón del ascensor y, cuando las puertas se abren, entro sin pensar. Las puertas se cierran y el ascensor desciende.
En el siguiente piso, se detiene, las puertas vuelven a abrirse y cuando levanto la mirada, una vez más siento que se me paraliza el corazón. Él entra… Sebastian Hale, el nuevo esposo de mi mejor amiga.
Mi cuerpo reacciona antes que mi cabeza. Se me eriza la piel, se me corta la respiración. Me quedo quieta, mirando al frente, como si ignorarlo pudiera borrarlo.
El ascensor vuelve a moverse.
—¿A dónde vas con esa maleta? —pregunta.
Su voz es exactamente como la recuerdo. Grave, segura, demasiado cercana, pero no le respondo.
Mi reflejo en el espejo me delata, tengo la mandíbula tensa, los ojos fijos en cualquier lado menos en él y mi pulso latiendo en la garganta. Pienso en Evelyn y me digo “es el esposo de mi mejor amiga”, “es el esposo de mi mejor amiga”.
—Clara —dice.
Aprieto más fuerte la maleta.
—Me voy.
El ascensor se detiene de nuevo y entra más gente. El espacio se llena de murmullos, pero el silencio entre nosotros se vuelve espeso. Siento su mirada sobre mí, aunque intento ignorarla.
Las puertas se abren en el lobby y salgo primero. Camino rápido, casi corriendo, atravesando el lugar y esquivando a los huéspedes. El aire del exterior me golpea el rostro cuando cruzo la entrada del hotel. Me acerco al área de taxis y levanto la mano.
—Taxi, por favor.
Antes de que pueda hacer algo él me toma del brazo y me jala hacia un lado, lejos de las miradas, pero entonces, todo lo que he estado conteniendo me estalla en el pecho al mismo tiempo.
No pienso, mi mano simplemente se levanta sola. La cachetada le cruza el rostro con toda la fuerza de mi rabia, mi humillación, de la traición que aún me quema la piel. El sonido es seco, brutal, demasiado fuerte para un lugar tan elegante. Me arde la palma, pero no me importa.
Sebastian no se mueve de inmediato. Se queda inmóvil un segundo eterno, con la cabeza ladeada por el golpe. Luego pasa la lengua por el interior de la mejilla, lento, como si saboreara la sangre o el insulto, y se acaricia la mandíbula con una calma peligrosa que me eriza la piel.
—No vuelvas a tocarme —le digo, aunque me tiembla la voz.
El nudo en mi garganta amenaza con romperme, pero no le doy ese gusto.
—¿Cómo pudiste? —escupo—. ¿Cómo pudiste engañarme así? —Mis palabras salen atropelladas—. ¿Cómo pudiste hacer lo que hiciste ayer… y hoy casarte con mi mejor amiga?
Mi respiración es irregular, me tiemblan las manos. No sé si de rabia o de ganas de llorar, pero no bajo la mirada.
Sus ojos se oscurecen apenas.
—Yo no sabía quién eras tú.
Me río con amargura.
—Pero sí sabías lo que ibas a hacer hoy —le respondo—. Yo no sabía quién eras, pero tú sí sabías que te ibas a casar y aun así te burlaste de mí. Te aprovechaste, me engañaste.
Su boca se curva en una sonrisa cínica.
—Relájate, ¿sí? era mi última noche de soltero.
Siento una rabia bullir en mi interior, ¿cómo puede ser tan cínico?
—No vuelvas a acercarte a mí —le digo—. No te quiero ver nunca más en mi vida.
Pero él no hace caso, se acerca un poco, lo suficiente para que sienta su presencia y me cueste respirar.
—No le arruines la noche a tu amiga —dice—. ¿Le dijiste algo?
—Eso es todo lo que te importa, ¿verdad?
—Clara, lo que está en juego aquí…
—No le dije nada —le interrumpo—. Y más te vale que tú tampoco abras la boca. Lo que pasó en Bali se queda en Bali. Tú y yo no nos conocemos y esa noche nunca ocurrió.
No espero que me responda, solo tomo la maleta y me alejo. El taxi arranca y, cuando el hotel queda atrás, todo lo que estuve conteniendo se desborda.
Cierro los ojos y rompo en llanto. No puedo creer que haya traicionado así a Evelyn. Si ella se entera de lo que pasó…
Anoche la piscina brillaba bajo las luces nocturnas, el agua estaba tibia, yo estaba descalza, con un vestido ligero. Él apareció como si siempre hubiera estado ahí, tenía un sonrisa fácil, me miró como si yo fuera la única mujer en el mundo y tuvimos una conversación que fluyó sin esfuerzo.
Me hizo reír, me escuchó, me hizo sentir vista. No me preguntó ni mi nombre. ¡Dios, qué estúpida!, ahora entiendo por qué.
Cuando me besó, fue lento. Seguro. Como si no tuviera prisa por nada. Esa noche fue… real. O bueno, al menos para mí lo fue. Creí que había encontrado al hombre de mi vida, y sí, sé que fue ridículo de mi parte creerlo, pero eso fue lo que sentí.
Y luego, al día siguiente, desperté con una sonrisa que no me cabía en el rostro. Pensé que quizá lo vería de nuevo y sí… lo volví a ver, pero en el altar.
Mi corazón casi se sale del pecho, era el mismo hombre, el que creí mi destino iba a ser el esposo de Evelyn…
El taxi se detiene en el aeropuerto, pago y camino sin mirar atrás.







