Mundo ficciónIniciar sesiónEvelyn
Siento el calor ajeno a través de mi piel casi desnuda y, por un segundo absurdo, pienso que estoy soñando, porque esto no puede estar pasando. Si, debe ser el cansancio, la humillación y la noche que me están jugando una mala pasada.
Levanto la mirada y no tengo dudas de que estoy enloqueciendo, porque quien me sostiene es Nathaniel.
El aire se me queda atrapado en el pecho. Él me suelta de inmediato, como si el contacto lo hubiera quemado. Da un paso atrás con los ojos abiertos, incrédulos.
—¿Eve…? —dice—. ¿Qué haces aquí?
Mi corazón late tan fuerte que me duele.
—Te dije que iba a casarme —respondo, todavía aturdida—. Si viniste a impedir la boda…
Niega de inmediato, pasando una mano por su cabello, nervioso de una forma que nunca le había visto.
—No. No. Yo ya había aceptado que te perdí —dice—. Vine a la boda de mi mejor amigo. Me dijeron que estaba aquí arriba y… —se queda en silencio, mirándome de arriba abajo, como si recién se diera cuenta de algo—. No esperaba esto.
¿Su mejor amigo? Las palabras tardan un segundo en encajar.
—¿Tu mejor amigo…? —susurro.
Nathaniel se lleva ambas manos a la cabeza, incrédulo.
—¿Era él? —pregunta—. ¿Él era el hombre con el que ibas a casarte?
Las lágrimas me nublan la vista.
—Tu mejor amigo —repito, negando—. No. No puede ser. Esto es una broma, ¿verdad?
Da un paso hacia mí, instintivo, como si quisiera sostenerme otra vez. Me doy cuenta entonces de que sigo en ropa interior y reacciono tarde, torpe. Tomo la bata de la silla y me la pongo, cerrándola con manos temblorosas.
Nathaniel se detiene, respetuoso.
—El destino es cruel —dice en voz baja—. Me obliga a verte casada con él… mientras yo solo puedo desearte desde lejos.
Las palabras me atraviesan.
—Lo siento —digo, sin saber qué más hacer—. Sabías que esto iba a pasar. Yo te lo dije desde el principio.
Asiente despacio.
—Lo sé. Pero creí que no volvería a verte.
—Yo también.
Nos quedamos mirándonos en silencio, como si el tiempo se hubiera doblado sobre sí mismo.
Y entonces el recuerdo llega…
Fue meses atrás. Estaba sentada en la barra de un bar pequeño, escondido entre calles que nadie de mi mundo pisaba. La música sonaba baja, lo justo para no invadir. No había cámaras, no había apellidos importantes, no había nadie que supiera quién era. Hacía apenas unas horas me habían dado la noticia y aún me ardía en el pecho: iba a casarme con un desconocido.
Removía el hielo de mi copa sin ganas cuando una voz se coló en mis pensamientos.
—¿Bailas?
Levanté la mirada. Nathaniel estaba de pie frente a mí, con una sonrisa tranquila, en ese entonces no sabía quién era, pero él no me observaba como si fuera una heredera desesperada, para él solo era una mujer guapa y solitaria que necesitaba compañía.
—No suelo hacerlo —respondí, señalando la copa.
—Yo tampoco suelo preguntar —dijo—. Supongo que hoy estamos rompiendo rutinas.
Hubo algo en su tono que me desarmó. Me levanté antes de que mi cabeza pudiera protestar.
Bailamos sin tocarnos apenas al principio. Luego su mano encontró mi cintura con una naturalidad que no pensaba.
—¿Huyes de algo o celebras algo? —me preguntó.
—Huyo —admití—. ¿Tú?
—De una vida que se supone que debería querer.
La respuesta me sorprendió. Sonreí sin darme cuenta.
Cuando la canción terminó, no regresamos de inmediato a nuestros lugares, nos quedamos hablamos de todo, incluso de decisiones que otros tomaban por uno. Le dije mi nombre a medias.
—Eve —dije—. Solo Eve.
—Entonces yo seré Nathaniel —respondió—. Sin títulos.
Las horas pasaron sin que lo notara. Con él no tenía que medir cada palabra. No tenía que ser correcta. Me escuchaba de verdad, me hacía reír. Me preguntaba qué quería, no qué debía hacer.
Luego de eso nos vimos otra vez, y otra. Cenamos en lugares pequeños, hicimos el amor sin reparos. Me enamoré despacio, sin darme cuenta, como se enamoran los imprudentes.
Hasta que una noche no pude seguir fingiendo.
—Tengo que decirte algo —le dije—. Me voy a casar.
Nathaniel no se rió.
—Sabía que no podías ser tan perfecta —me dijo. Sentí dolor en sus palabras. Apartó la mirada y añadió una pregunta—: ¿Lo amas?
—No —respondí, y la palabra dolió—. Pero no puedo escapar.
Me miró largo, como si quisiera memorizarme.
—Entonces no te pediré que elijas —dijo—. Solo que no me mientas.
No lo hice, sol me fui, antes de que doliera más. Nunca supe nada más, solo supe que, por primera vez, había amado sin condiciones…
—Creí que el destino quería algo diferente para nosotros —dice ahora, devolviéndome al presente—. Quizá… aún lo quiere.
Se acerca lo suficiente para limpiarme una lágrima con el pulgar. El gesto es suave, íntimo, peligroso.
—No te preocupes, Eve —susurra—. No seré un obstáculo. Me alejaré si es necesario.
Quiero creer que todo esto no es más que una coincidencia cruel, pero de pronto la puerta se abre. El sonido corta el aire como un disparo.
Nathaniel y yo nos separamos de inmediato, como si nos hubieran atrapado en algo indebido, aunque no hayamos hecho nada.
Sebastian entra a la suite. Su mirada va de Nathaniel a mí, pero se detiene en mi bata cerrada con torpeza y mis ojos aún húmedos.
—¿Qué pasa aquí?







