Mundo ficciónIniciar sesiónEvelyn
Me quedo paralizada. Sigo de pie en medio de la habitación, con el corazón golpeándome en el pecho, incapaz de moverme o pensar con claridad. No llevo ni tres horas casada y ya estoy a punto de parecer exactamente lo que no soy.
“Dios mío”, piensa mi mente en un bucle desesperado. ¿Qué va a pensar? Nathaniel es el primero en reaccionar.
—Sebastian, amigo mío —dice con una sonrisa perfectamente ensayada—. ¿Cómo estás?
Su voz es tranquila, demasiado. Como si no acabara de entrar en la habitación de su mejor amigo y ver a su esposa semidesnuda. Mi corazón se va a salir del pecho si este hombre le dice que ya nos conocíamos. Sebastian no responde de inmediato.
—Te estaba buscando —continúa Nathaniel—. Entré sin llamar y me encontré a tu flamante esposa aquí dentro. Perdón, de verdad. No sabía que estaba aquí.
Se vuelve hacia mí.
—Un gusto conocerte, Evelyn —dice, con una inclinación ligera de cabeza—. Disculpa por la intromisión. No debí entrar así.
Mi garganta está seca, pero asiento.
—No… no pasa nada —miento.
Nathaniel da un paso atrás, marcando distancia, como si la escena no tuviera ninguna carga extraña. Luego se gira hacia Sebastian.
—Nos vemos abajo.
Sale de la habitación sin mirar atrás. Sebastian se queda quieto un segundo. Luego me observa con una expresión que no logro descifrar.
—Espérame aquí.
No es una petición, más bien lo dice como una orden. Sale detrás de Nathaniel y la puerta se cierra. Solo entonces suelto el aire que estaba conteniendo. Me llevo una mano al pecho, intentando calmar el ritmo desbocado de mi corazón.
—Dios mío… —susurro—. No puedo creer que esto me esté pasando.
Lo primero que pienso es en Clara, cómo la necesito ahora mismo. Tomo el teléfono y la llamo, pero no contesta. Frunzo el ceño, me parece raro. Dudo mucho que ya se haya ido. ¿Por qué no responde?
Pienso en cómo salió corriendo de la habitación, su mirada…
—Luego hablaré con ella —me digo—. Ahora tengo otros problemas.
Diez minutos después, la puerta se abre y Sebastian entra solo.
Yo ya me he cambiado. Llevo un vestido sencillo, nada de encaje. Me siento en el borde de la cama, con las manos juntas, como si estuviera esperando un veredicto.
—Tu amigo… —empiezo— no…
Él me mira apenas.
—Eso no me importa.
La frase me corta de golpe.
—¿Perdón?
—No creas que este matrimonio va a ser convencional —dice, sin rodeos.
Parpadeo, sorprendida.
—¿A qué te refieres?
Sebastian se acerca un poco más, lo justo para que sienta su presencia sin que llegue a tocarme.
—Me estoy casando contigo por la empresa. Nada más, y sé que tú haces lo mismo.
Trago saliva.
—No nos hagamos los tontos —continúa—. Aquí no va a haber amor.
Lo observo con calma forzada.
—Eso ya lo sé —respondo—. No hacía falta que me lo dijeras. Yo tampoco me casé contigo por amor. Ni siquiera sabía quién eras.
Por primera vez, algo parecido a la satisfacción cruza su rostro.
—Excelente —dice—. Me alegra que los términos estén claros.
Se endereza.
—No habrá noche de bodas —añade—. Haz lo que quieras, siempre que no arruines el apellido ni me dejes como un tonto ante el mundo.
Se da la vuelta y se va. Me quedo sola otra vez, con una certeza incómoda asentándose en el pecho: este matrimonio va a ser una pesadilla.
***
Tres semanas después, el avión aterriza en Boston.
La luna de miel pasó como un trámite más. Hubo un solo encuentro, pero nada que se pareciera a intimidad. Supongo que debíamos hacerlo para concretar el matrimonio.
Cuando bajo del avión, ella me está esperando ahí.
—¡Evelyn! —grita.
Clara está de pie, con una sonrisa nerviosa. Corro hacia ella y la abrazo con fuerza.
—¡Amiga! —digo—. Te tengo que contar tantas cosas…
—Yo también —responde, pero su voz suena tensa cuando Sebastian aparece detrás de mí.
Noto cómo el cuerpo de Clara se pone rígido.
—Bueno… —dice ella, forzando una sonrisa—. Supongo que te irás con él. Nos vemos en mi casa.
—Pero si viniste hasta acá a recibirme, te llevo…
—No, de verdad, no hace falta, solo quería verte.
—Bueno, está bien —asiento—. Hablamos luego.
No dejo de notar lo rara que está, pero supongo que ya me lo contará.
Llegamos a la mansión esa misma tarde. Todo es grande, impecable, diseñado para impresionar. Mi madre está radiante. Habla de alianzas, de expansión, de cómo juntas nuestras empresas se convertirán en un imperio. Sonrío, asiento y cumplo, pero por dentro, todo va mal. Sebastian es frío y distante, como si yo fuera parte del mobiliario.
—Voy a salir —le aviso, pero él ni se inmuta, ni siquiera me mira.
Suspiro y salgo en mi auto hacia la casa de Clara. Necesito desahogarme, contarle lo que pasó después de que se fue.
Cuando llego ella me recibe con una sonrisa nerviosa.
—Ahora sí me vas a decir qué pasó para que salieras corriendo —le digo—, ¿o será que el hombre misterioso de la piscina te pidió que te fueras con él y no me quisiste decir?
Ella se gira y me mira con los ojos agrandados.
—¿Qué? No, a ese estúpido no lo volví a ver —contesta, y siento la rabia en sus palabras.
—¿Pasó algo que no sé?
—¿Ah? No, no —bufa—, fue algo sin importancia.
—Pero en Bali dijiste…
—No importa, mejor olvidémoslo, ¿sí? Compré unos panecillos, ¿quieres?
Asiento y mientras ella los sirve le cuento grosso modo sobre mis tres semanas de “luna de miel”. Pero por primera vez la noto incómoda, como si escuchar lo que le digo le molestara.
Omito la parte de Nathaniel, ella sabía de él, pero no sé si sea buena idea revelarle que, no solo lo volví a ver, sino que además, es el mejor amigo de mi esposo.
Clara está comiendo su tercer panecillo cuando se detiene de golpe.
—¿Te sientes bien? —pregunto.
De pronto se tapa la boca y corre al baño. La sigo, preocupada. Ella por poco vomita en el piso como si los panes estuvieran dañados.
—No es nada —se apresura a decir—, deben estar pasados, perdona.
No me convence.
—Mmm, yo no los sentí dañados. Deberías ir al médico.
Ella dice que lo hará, pero no hablamos más del tema, y nos despedimos poco después.
Vuelvo a la mansión donde será mi nueva vida. Entro al estudio buscando a mi esposo. La puerta está entreabierta. Lo veo de espaldas, sentado en una silla grande.
—Sebastian —digo.
Me acerco con cuidado, cuando de pronto, la silla gira. Una mano fuerte me toma del brazo y me jala hacia adelante. Pierdo el equilibrio y caigo sentada sobre unas piernas firmes.
—Vaya, Eve —dice una voz que no debería estar ahí—. Esto sí que es una bienvenida.
Levanto la mirada. No es Sebastian, es Nathaniel… mi corazón vuelve a latir demasiado rápido.







