Mundo ficciónIniciar sesiónClara
—Ok, puedo hacerlo —digo.
Me lo repito frente al espejo, con el cabello recogido y la cara lavada. Me digo que puedo actuar normal, puedo sonreírle a Evelyn, abrazarla, preguntarle por la luna de miel y fingir que en Bali no pasó nada.
Me digo que ya lo superé, pero en el aeropuerto, cuando veo a Sebastian bajar del avión detrás de ella, todo vuelve como un golpe.
El deseo que me avergüenza, el odio que sentí después y la humillación que me arde bajo la piel. Y ese recuerdo exacto de su voz, de su mirada, su cinismo cuando me dijo que solo era su última noche de soltero como si yo fuera una anécdota.
Me obligo a respirar. Evelyn corre a abrazarme y yo la aprieto con fuerza, como si así pudiera protegerla de un peligro que ya está dentro de su vida.
—Amiga —me dice—. Te tengo que contar tantas cosas…
—Yo también —respondo, y casi se me quiebra la voz.
Le digo que pase por mi casa, porque quiero hablar con ella. Y lo quiero. Dios, lo quiero. Pero cuando la veo caminar hacia él, cuando él la rodea con esa distancia perfecta, con esa frialdad de hombre que no se entrega, me quedo muda.
No puedo decirlo. No puedo ser yo quien destruya a Evelyn.
En la cena, intento comer como siempre, conversar como siempre, reír en los momentos correctos, pero cuando muerdo el tercer pancillo el estómago se me revuelve de una forma que no reconozco. El sabor se me vuelve metálico, la garganta se me cierra.
Me levanto con rapidez, cubriéndome la boca.
—¿Estás bien? —escucho la voz de Evelyn detrás de mí.
Corro al baño y vomito como si me estuviera expulsando algo ajeno. Cuando termino, me lavo la cara y me miro al espejo, pálida, con los ojos acuosos.
Será el viaje, el estrés o seguramente los nervios.
Ella no parece convencida, pero me cree porque siempre me ha creído. Nos despedimos poco después.
Esa noche duermo mal. Sueño con Bali, la piscina y una voz diciendo “era mi última noche de soltero” y con Evelyn vestida de blanco, caminando hacia un hombre que yo ya conocía.
Me despierto sudando, con el corazón acelerado.
A la mañana siguiente, voy a la oficina. Trabajo para Ashford desde hace años. Evelyn y yo crecimos juntas, pero también nos hicimos adultas juntas: ella heredera, yo consejera financiera. Su confianza en mí es total. Su madre siempre dice que soy “el cerebro práctico” que mantiene todo en orden cuando la familia se deja llevar por emociones.
Entro al edificio y saludo a recepción con una sonrisa mecánica. Subo al piso ejecutivo con mi café en la mano y la cabeza llena de números como escudo.
Cuando llego a mi oficina, la puerta está entreabierta y él está dentro.
Sebastian Hale, de pie frente a mi escritorio, revisando una carpeta como si le perteneciera el lugar. Traje oscuro, reloj caro y perfume masculino que enloquece. Levanta la mirada al escuchar mis pasos y me observa como si yo fuera la interrupción.
El mundo se me queda quieto.
—¿Qué estás haciendo tú aquí? —pregunto, sin poder evitarlo.
Sebastian cierra la carpeta con lentitud.
—Trabajo —responde—. Revisando las finanzas de la fusión. No sabía que tú trabajabas aquí.
—Claro que lo sabías —escupo, avanzando un paso—. Tú lo sabes todo cuando te conviene.
Sus ojos se entornan.
—No te victimices, Clara. Nadie te obligó a estar en Bali. Nadie te obligó a…
—Cállate —lo corto.
Siento el pulso en la garganta. Siento la rabia subir como una ola, y debajo de esa rabia, lo peor: el recuerdo de lo bien que me hizo sentir.
Eso es lo que más odio, que una parte de mí todavía reaccione.
—No tienes derecho a entrar aquí —digo—. Ni a mirarme así.
Sebastian apoya una mano en el borde de mi escritorio, inclinándose apenas. No invade, pero se acerca lo suficiente para que el aire cambie.
—¿Así cómo?
Mi pecho sube y baja demasiado rápido.
—Como si… —aprieto los dientes— como si no te importara nada.
Él suelta una risa baja, sin humor.
—¿Quieres que me importe?
La pregunta me descoloca. Me enfurece.
—Eres un cínico —le digo—. Estás casado.
Sebastian no aparta la mirada.
—¿Y?
La palabra me golpea.
—Y tienes que respetar ese matrimonio —insisto, acercándome también, como si no pudiera evitar entrar en su juego—. Aunque no la ames, aunque sea un negocio. Evelyn no merece…
Se me quiebra la voz al decir su nombre. Eso me devuelve la cordura.
—No la metas en esto —dice él, y su tono cambia. Se vuelve más duro, más oscuro.
—No, tú la metiste —le escupo—. Tú la metiste cuando te acostaste conmigo y al día siguiente le juraste fidelidad.
Los ojos de Sebastian destellan algo oscuro, algo que no es culpa ni arrepentimiento. Da un paso hacia mí, lento, medido, como si supiera exactamente cuánto espacio necesita invadir para desestabilizarme sin tocarme.
—Y aun así —dice en voz baja—, sigues temblando cuando me tienes delante.
La frase me golpea directo al estómago.
—No te atrevas —le advierto—. No confundas rabia con otra cosa.
Su mirada baja un segundo, apenas un segundo, lo suficiente para que me sienta desnuda de nuevo, vulnerable de una forma que detesto.
—No lo hago —responde—. Solo constato un hecho.
El descaro me quema.
—Estás casado —le digo, acercándome también, incapaz de retroceder—. Casado. Y eso debería bastarte para mantener distancia.
—El matrimonio no cambia lo que pasó —replica—. Ni lo que sentiste.
Eso es lo que rompe mi control.
—No vuelvas a hablarme así.
Me giro para irme, para escapar antes de que diga o haga algo peor, pero Sebastian se mueve rápido. Me toma de la muñeca y me obliga a detenerme. El contacto me quema la piel.
—Suéltame.
—Mírame.
Levanto la otra mano sin pensarlo, impulsada por la rabia, por la humillación, por el miedo de reconocer que mi cuerpo recuerda demasiado, pero Sebastian atrapa mi muñeca en el aire.
Sus dedos se cierran alrededor de mi mano con firmeza, dejando claro que tiene fuerza de sobra para imponerla.
Nos quedamos así un segundo eterno, respirando el mismo aire, la tensión vibra entre nosotros como algo vivo, peligroso, imposible de ignorar.
—Solo una vez dejo que me cachetees —dice, bajo—. Dos, no.
Nos quedamos así, respirando el mismo aire, mirándonos como si el mundo no existiera. Y por un segundo terrible, me acuerdo de Bali, de cómo su boca decía una cosa y sus manos otra.
Su voz baja un tono.
—No puedo sacarte de mi cabeza.
La confesión me desarma y me enfurece al mismo tiempo.
—No digas eso —susurro, intentando zafarme.
—Es la verdad.
—La verdad es que estás casado —le recuerdo—. Y yo no soy esa clase de mujer. No voy a traicionar a mi amiga.
Sus dedos se aflojan un poco, pero no me suelta aún.
—¿Y si yo no quiero respetarlo? —murmura, y su mirada cae a mis labios apenas un segundo—. ¿Y si nunca debí dejar que esa noche se quedara en Bali?
Lo empujo con fuerza, soltándome por fin.
—Estás enfermo —le digo, respirando agitada—. Si piensas que voy a ser tu amante, estás muy equivocado.
Me doy la vuelta y salgo casi corriendo. El pasillo se mueve, las luces parecen demasiado blancas y el aire demasiado pesado. Intento llegar al baño, pero el mareo me alcanza antes.
Me apoyo en la pared y cierro los ojos.
—No es nada —susurro, pero mi cuerpo insiste.
Esto no es normal. Bajo al estacionamiento como puedo, con la cabeza flotando, las manos frías. No me siento capaz de manejar. Termino pidiendo un transporte hacia una clínica cercana porque no confío en mis piernas.
En la sala de espera, el tiempo se arrastra. Cuando la doctora entra con los resultados, su rostro es neutro y profesional.
—Clara Whitmore —dice—. ¿Tienes idea de por qué te estás sintiendo así?
Trago saliva.
—Estrés —respondo—. Viaje. No lo sé.
Ella asiente despacio.
—Tu prueba salió positiva.
—¿Prueba? ¿Positiva a qué?
La doctora me mira un segundo antes de decirlo, como si midiera cuánto puede soportar una persona sin romperse.
—Embarazo.
El aire se me va.
—No —susurro.
—Sí —confirma—. Estás embarazada.
Mi cabeza se queda en blanco y lo único que escucho, como un eco cruel, es mi propia voz diciendo “lo que pasa en Bali, se queda en Bali”… pero no se quedó, vino conmigo, y ahora late dentro de mí.







