Entre Heridas y Flores
La noche apenas había comenzado y Eloise ya daba vueltas en la cama, los ojos abiertos en el techo oscuro. No era insomnio, era preocupación. La pensión de su padre había bajado una vez más. El monto apenas alcanzaba para los medicamentos, y la cirugía… Ah, la cirugía. Doscientos mil reales. Ese era el precio para seguir teniendo al hombre más importante de su vida cerca.
Desde que supo que necesitaba una válvula en el corazón, no había descansado. Aceptaba todas las horas extra posibles, rechazaba invitaciones, cancelaba días libres, todo para ver ese dinero acumularse —aunque fuera de a poco. El sistema era cruel, y su padre no tenía tiempo. El cansancio le pesaba en los hombros, pero ella sostenía la sonrisa como una armadura.
El encuentro inesperado ocurrió temprano, en el hospital. El médico la había llamado para hablar sobre un examen, y ella fue corriendo. En el pasillo, se topó con su tía y, claro, con su prima. La misma que ahora lucía un anillo de compromiso digno de portada de revista, el mismo anillo que, meses atrás, era de ella.
—Qué sorpresa verte por aquí, Eloise —dijo la tía, con ese tono que intentaba sonar amable pero destilaba veneno.
—La vida está llena de sorpresas —respondió ella, manteniendo el rostro sereno.
—Estamos aquí por unos exámenes de rutina. Nicole ha sido un ejemplo, ¿verdad? Tan dedicada, comprometida con un hombre tan estable. Una bendición para la familia.
Eloise sonrió de lado, cruzando los brazos.
—Me imagino. Lástima que la estabilidad y el carácter no siempre van de la mano. Pero al menos ella se quedó con lo que quedaba. Espero que lo cuide bien.
Nicole arqueó una ceja, pero no respondió. La tía resopló, aunque Eloise ya le había dado la espalda antes de que la discusión fuera a más. Sin embargo, en cuanto se alejó, la máscara cayó. El pecho le dolía. La herida no cerraba —y quizás nunca cerraría.
***
Augusto estaba en casa, pero su mente no. La imagen de ella saliendo apresurada de la empresa el día anterior lo inquietaba más de lo que quería admitir. No dio explicaciones, no pidió permiso. Solo dijo que tenía que irse de urgencia.
Y él quería saber. ¿Desde cuándo le importaba algo así? Desde nunca. Pero ahora…
***
Al día siguiente, Eloise llegó puntual. Un conjunto beige bien cortado, blazer ajustado que realzaba su figura. El labial nude acentuaba la firmeza de sus labios, y el moño alto lo dejaba claro: estaba ahí para lo que hiciera falta.
Augusto la esperaba con la carpeta en la mano.
—Me va a acompañar a todas las reuniones de hoy. Necesito que esté atenta y anote todo —dijo, sin quitarle los ojos de encima.
—Por supuesto, señor Monteiro —respondió con firmeza, mientras tomaba un bolígrafo y un bloc de notas, siguiéndolo con pasos decididos.
La Monteiro Tech era la empresa de tecnología más grande de Ciudad Norte, referente en innovación. Estaban desarrollando un producto revolucionario: unos lentes de realidad aumentada con comandos de voz y lectura de retina, orientados al sector educativo. Una apuesta audaz que exigía un marketing muy afilado.
En la sala de reuniones, el director de marketing exponía la propuesta en diapositivas, con gráficos y proyecciones que, aunque bien presentados, carecían de estrategia.
—Creemos que el público joven se va a sentir atraído por la estética futurista —dijo el director.
Eloise pidió la palabra, con algo de vacilación.
—Disculpen… —interrumpió con firmeza.
Todas las miradas de la sala se volvieron hacia ella. Augusto giró la silla lentamente en su dirección, con una ceja arqueada.
—¿Puedo añadir algo? —dijo ella.
Augusto asintió con un gesto.
—La estética futurista está bien, pero el marketing para este tipo de tecnología tiene que hablar de utilidad. Hay que mostrar cómo va a facilitar el aprendizaje, cómo va a generar un impacto real. El público joven está saturado de promesas visuales. Ellos quieren transformación.
Silencio.
—Continúe —dijo Augusto.
—Sugiero una campaña más emocional, con videos que muestren a estudiantes usando los lentes en distintos contextos. Mostrar accesibilidad, inclusión, facilidad de uso. Humanizar la innovación.
Augusto no dijo nada. Solo miró al director.
—Rehaga la propuesta con base en lo que ella planteó.
Eloise disimuló el impacto de esas palabras con un gesto discreto. Lo siguió a dos reuniones más, callada, atenta. Solo a las 2 de la tarde él finalmente dijo:
—Puede ir a almorzar. Regrese a las 3.
Cuando ella le dio la espalda, escuchó su voz grave, sin siquiera mirarla:
—Buena sugerencia, por cierto. Solo no se acostumbre a los elogios. Suelen desaparecer cuando se cometen errores.
Ella rio, saliendo de la empresa.
La primavera vestía Ciudad Norte con colores vivos. Los árboles floridos pintaban el cielo, y el viento suave le acariciaba el rostro mientras caminaba hacia la cafetería de la esquina. El olor a pan recién hecho se mezclaba con el perfume de las flores en los balcones. Por un momento, Eloise dejó la preocupación a un lado. Respiró hondo y pensó: tal vez estuviera entrando, poco a poco, en una nueva estación de su vida también.