Capítulo 4
Un Deseo que Arde Despacio

La tensión en el aire era palpable. Eloise tecleaba con agilidad los últimos informes, pero su mente estaba muy lejos de la hoja de cálculo que parpadeaba en la pantalla. El calor de la presencia de Augusto Monteiro seguía rondándola, incluso después de que él saliera de su oficina de vidrio.

Respiró hondo.

"Respira, Eloise, respira… Es solo tu jefe. Nada más", se repitió mentalmente. Pero era difícil ignorar la mirada que él le había lanzado minutos antes, esa mirada cargada de poder, de control… y de algo más. ¿Deseo?

Augusto, por su parte, lo observaba todo desde su oficina. Brazos cruzados, camisa social impecablemente ajustada a sus músculos y la mandíbula tensa, como si luchara contra algo invisible.

Era atrevida, provocadora… pero había una sinceridad en sus ojos que no podía ignorar. Diferente a todas. Ella no desplegaba encantos para agradar —lo desafiaba, lo enfrentaba, sin perder la elegancia. Y eso, para él, era peligrosamente adictivo.

Fue entonces cuando ella golpeó levemente la puerta.

—Señor Monteiro, aquí están los informes que solicitó —dijo, firme.

Él la miró un segundo de más. Tomó los papeles de sus manos despacio, los dedos rozándose por una fracción de segundo. Su mirada cayó sobre los labios de ella. Esos labios…

—¿Algo más? —preguntó ella, manteniendo el tono neutro.

Él se levantó. El leve escalofrío que le recorrió la espalda a ella fue involuntario. Él caminó hacia ella, despacio. Se detuvo lo suficientemente cerca como para que ella pudiera sentir su perfume amaderado.

—Le gusta provocar, ¿verdad?

—No entiendo a qué se refiere —respondió ella, sosteniéndole la mirada.

—Le gusta ponerme a prueba —dijo él, la voz baja, pero cargada de tensión.

Ella arqueó una ceja.

—A mí me gusta trabajar. Es usted el que parece distraerse con demasiada facilidad.

Él sonrió de lado.

—¿Tiene respuesta para todo, Eloise?

—Para casi todo. Para usted… todavía estoy pensando —dijo con una sonrisa provocadora.

El aire se volvió más denso por un instante. Él estaba muy cerca. Ella podía sentir el calor de su cuerpo. Su mirada descendía lenta, de los ojos a los labios, de los labios al cuello. Y la miraba como si estuviera a punto de romper todas las reglas que él mismo se había impuesto.

—Si sigue así, no puedo garantizar que mantenga mi profesionalismo —murmuró él, tan cerca que su aliento rozaba la piel de ella.

Ella sintió un escalofrío. Una parte de ella quería saber qué pasaría si él perdía ese control. Pero la otra parte…

El celular vibró.

Ella lo tomó de inmediato. El nombre en la pantalla le heló la sangre. El mundo pareció detenerse por un segundo.

—¿Hola? —dijo, saliendo del trance.

Del otro lado, una voz apresurada y preocupada lanzaba palabras que ella apenas podía asimilar. Augusto frunció el ceño al ver el cambio brusco en su expresión.

—Bien, ya voy —dijo ella, colgando.

Agarró el bolso a toda prisa. El tono profesional se había disuelto por completo.

—¿Pasó algo? —preguntó él, con un leve toque de preocupación en la voz.

—La jornada terminó. Necesito salir de urgencia —dijo ella, ya caminando hacia la puerta.

—Eloise…

Ella se giró apenas lo suficiente para decir:

—Buenas noches, señor Monteiro.

Y salió, dejando a Augusto parado, la mirada fija en la puerta por donde ella acababa de desaparecer.

Esa mujer… dejaba huella.

Se había ido sin dar explicaciones, sin adulaciones, sin miedo —exactamente como ella era. Y eso lo inquietaba más de lo que estaba dispuesto a admitir.

Miró el reloj. Eran las 6:15 de la tarde.

Pero no era eso lo que lo desasosegaba.

Era el hecho de que, por primera vez en años, quería saber. Quería entender. Quería ir tras ella.

Y eso… era peligroso.
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