Augusto mantuvo el mentón en alto, pero sus ojos ahora eran más suaves. Distintos a la frialdad habitual.
Eloise desvió la mirada, resoplando.
—Olvídalo. No entiendes.
Se giró para irse, pero él le sostuvo levemente el brazo. Sin fuerza, sin presión —solo presencia.
—¿Terminaste? —preguntó, con un tono calmo pero firme. Como si ahora fuera él quien intentaba mantener el equilibrio.
Ella dudó.
—Porque el show todavía no terminó, Eloise —completó, soltándola despacio—. Y todavía tenemos un s