—Agarra la Makarov y la Korovin. —ordenó Mijaíl cruzándose de brazos. Asentí e hice lo que me pido, bajo su atenta mirada. Enarcó una ceja a modo de pregunta.
—¿Qué? —pregunte sintiéndome repentinamente incomoda por su atención.
—Para ser alguien a quién no le gustan las armas, las conoces perfectamente. —dijo acercándose y quitándome la Makarov de la mano. —No quiero volver a ver que te escondes como un ratoncillo asustado. Si quieres defenderte, debes acostumbrarte al sonido de las balas. ¿Es