A partir de ese día, mi rutina adopto la misma forma: despertaba, salía a correr unos buenos kilómetros, me duchaba, tomaba un buen desayuno, organizaba mis cosas de trabajo, luego iba al gimnasio, me encontraba con Mijaíl para entrenar y terminaba el día dándome un largo baño de espumas para relajarme. Una repetición constante de cosas que prefería evitar hacer, combinada con otras a las que desearía prestarle más atención ahora.
Por suerte, en el trabajo se tragaron el cuento de que tuve un a