Leo la cargó sin romper el beso, obligándola a enroscar las piernas alrededor de su cintura. El peso de Isabella contra su cuerpo desnudo terminó de romper el poco cordón de cordura que le quedaba. Caminó a ciegas hacia la cama y la dejó caer sobre las sábanas revueltas, atrapándola de inmediato abajo de su cuerpo.
Las manos de Leo se volvieron urgentes, torpes por la prisa. Le tiró del suéter gris hacia arriba, obligándola a levantar los brazos para quitárselo de un tirón y dejarlo caer en alg