Al día siguiente, las primeras luces del amanecer se colaron por el gran ventanal de la mansión, disipando la densa oscuridad de una noche insomne. Isabella se levantó de la mecedora con el cuerpo entumecido por el cansancio. Se dio una ducha rápida y bajó al comedor, donde el desayuno ya estaba servido. El silencio de la casa era abrumador.
—Buenos días, señora Isabella —saludó Clark, entrando con paso firme al comedor—. El abogado de su padre, el licenciado Restrepo, ya está esperándola en la