El trayecto hacia el centro de la ciudad fue un calvario de minutos eternos. En el asiento trasero del automóvil, Isabella mantenía el expediente del abogado Restrepo firmemente apretado contra el regazo, como si aquel legajo de hojas notariales fuera la única arma que le quedaba para defenderse del mundo. A su lado, el pequeño Anton miraba por la ventana, completamente ajeno a la tormenta mediática que amenazaba con sepultar el apellido Peterson, entretenido con el vaivén de los limpiaparabris