Enzo
Salgo de mi habitación, arremangando las mangas de mi camisa negra, y me detengo ante su puerta, tentado a abrirla. Quizás debería desearle los buenos días, decirle que me voy.
¡¿Pero qué carajos me pasa?! No tengo que darle explicaciones de nada.
Entre el absurdo de prepararle el desayuno ayer, faltar a mis obligaciones para quedarme sepultado entre sus piernas y esto, ya parezco un imbécil dominado.
Continúo mi camino hacia la cocina y agradezco no tropezarme con la molesta sirvienta. Su