Enzo
Estoy apoyado contra la puerta de su habitación, comprobando que le haya echado seguro, algo que no suele hacer.
—¡Mierda! —espeto, furioso.
Necesito calmarme. Necesito respirar. Esto no puede seguir pasándome. Esa mocosa malcriada no puede hacerme perder el control de esta manera.
Miro hacia abajo, con la polla todavía dura fuera de mis pantalones, y la froto para aliviar un poco el dolor. Dios, hoy tendré que hacer trabajo manual otra vez. Estoy cansado de tantas pajas. Necesito un coño.