Terminé de desabrochar los pantalones de Enzo y, mientras él seguía pegado a mis pechos, saqué su pene y comencé a acariciarlo. Nunca lo había sentido así. Era como una barra de hierro caliente en mis manos. Los gruñidos que salían de sus labios, que todavía estaban en mis pezones, eran la prueba de que le gustaba lo que estaba haciendo.
Finalmente soltó mis senos y me agarró la barbilla con brusquedad para volver a besarme.
—Pídelo, Arianna, pídelo —ordenó sobre mi boca.
Se estaba desesperando