Leonel miró hacia abajo, observando el rostro de Rosa con un asco indescriptible.
Esa mujer siempre había sido así: arrogante, insaciable, convencida de que todo giraba a su alrededor.
—Rosa, el día que empujaste a Silvina hacia mi cama —dijo con frialdad—, lo nuestro se terminó. Yo no soy un hombre al que tú puedas manipular. ¡Lárgate!
De una patada, Leonel la apartó sin miramientos.
Cuando dio un paso para ir tras Silvina, Rosa gritó desesperada:
—¡Leonel, no me obligues!
Él se detuvo, alzó a