Silvina levantó el mentón hacia Santiago y dijo con tono desafiante:
—¿Por qué no te sientas ya? ¿O piensas quedarte de pie toda la noche?
Leonel permanecía sentado en el banco, con los brazos cruzados y una sonrisa ladeada en los labios, observando a su esposa mientras ponía en su lugar a su mejor amigo.
Verla así, tan firme y provocadora, le resultaba sorprendentemente… satisfactorio.
Santiago aún intentó resistirse, pero Silvina lo detuvo enseguida:
—Aunque la siguieras hoy, ¿de qué servirí