—¿No fue porque te habías enamorado de Simón que enloqueciste de celos por Susana y quisiste arruinar mi rostro? —Silvina habló en voz baja pero con firmeza—. Eras la hija adoptiva de la familia Soto, no la verdadera señorita Soto; vivías junto a Simón, un hombre tan extraordinario; que te enamoraras de él no habría sido algo sorprendente. Pero ¿sabía Simón de eso?
Las palabras de Silvina desnudaron de inmediato todas las máscaras de Mónica.
En su rostro apareció un instante de pánico y de inse