—¿Qué pasa? ¿Vas a llamar a tu asistente para que te salve? —la voz de Mónica sonó cada vez más distorsionada, llena de furia contenida—. No servirá de nada. Ya me encargué de apartarla. ¡Silvina, hoy no escaparás de mis manos! —Su tono se volvió un grito ronco—. ¡Hoy voy a destrozarte esa cara!
Silvina respiró hondo.
¿Qué le ocurría a Mónica? ¿Cómo había llegado a estar tan fuera de sí?
Y entonces entendió.
No era ella a quien Mónica odiaba… era Susana.
Pero ¿por qué?
Susana siempre había sido