La mirada de Leonel hacia Silvina estaba cargada de una ternura tan profunda que casi dolía.
—Ven —le dijo con voz suave.
Silvina dejó sobre la mesa la pequeña escultura de madera que había estado observando durante los últimos minutos y siguió a Leonel hasta un amplio espacio a desnivel.
El lugar era limpio, luminoso, casi vacío.
Solo una majestuosa piano de cola ocupaba el centro.
Leonel tomó la mano de Silvina y la condujo hasta el banco frente al instrumento. Sus largos dedos tocaron con de