Silvina bajó con calma y, al ver que sus asistentes seguían allí esperándola, soltó un suspiro de alivio.
¡Ese hombre era realmente aterrador!
Un minuto más a su lado y sería un minuto más en el que podría caer rendida bajo su encanto.
—Volvamos —dijo, después de recomponerse, y condujo a sus asistentes de regreso a la cubierta.
No pudo evitar girar la cabeza hacia arriba: él ya no estaba allí.
Claro, el trato estaba cerrado, no tenía por qué seguir esperándola.
—¡Silvina, por fin gané a Camill