Alicia, al ver el cambio en el rostro de Silvina, le sujetó con fuerza la mano y le dijo con urgencia:
—¡Silvina, me lo prometiste! No importa lo que escuches, ¡no te enojes! Todavía llevas un niño en tu vientre.
Silvina recobró la calma de inmediato, llevó la mano a su vientre y murmuró:
—Lo sé. Estoy bien.
Ahora entendía por qué, sin importar cuántas veces preguntara a Alicia, ella nunca le decía la verdad.
Porque esa verdad… era demasiado cruel.
Había sido abandonada desde antes de nacer.
¿E